|
Aquel saco de huesos con ojos negros y extremidades de alambre
permanecía suspendido en el aire, sin nada apenas que oponer al contrapeso
de la rudimentaria balanza que utilizaban para confirmar su alarmante
grado de desnutrición. Se supone que aquello era un niño, un niño
africano. Detrás del niño, la luz solar penetraba por el hueco de una
puerta abierta y bañaba tenuemente el habitáculo, dotando la imagen de una
belleza sobrecogedora.
Después de admirar aquella fotografía de Sebastiao
Salgado durante un buen rato, me pregunté si era lícito recrearse en el
valor estético de una imagen cuyo objetivo era despertar conciencias, si
no era inmoral reparar en la belleza de una fotografía que denunciaba sin
pudor el horror del hambre en África. Ni envuelto en la soledad
terapéutica del cuarto oscuro conseguí resolver el dilema moral, aunque si
encontré una liviana justificación en el hecho de que, una vez franqueadas
las primeras puertas del mundo de la fotografía, la búsqueda de la belleza
a través de las imágenes es algo ya inevitable, es como un trocito nuevo
de ADN que se instala en tu código genético para acompañarte de por vida
en el camino que lleva hasta la fotografía perfecta, esa que nunca podrás
hacer.
No importa, lo realmente gratificante son las marcas
que vas dejando en ese camino.
Angel Fuertes |