Aveiro / Portugal / 2005
 

    Aquel saco de huesos con ojos negros y extremidades de alambre permanecía suspendido en el aire, sin nada apenas que oponer al contrapeso de la rudimentaria balanza que utilizaban para confirmar su alarmante grado de desnutrición. Se supone que aquello era un niño, un niño africano. Detrás del niño, la luz solar penetraba por el hueco de una puerta abierta y bañaba tenuemente el habitáculo, dotando la imagen de una belleza sobrecogedora.
     Después de admirar aquella fotografía de Sebastiao Salgado durante un buen rato, me pregunté si era lícito recrearse en el valor estético de una imagen cuyo objetivo era despertar conciencias, si no era inmoral reparar en la belleza de una fotografía que denunciaba sin pudor el horror del hambre en África. Ni envuelto en la soledad terapéutica del cuarto oscuro conseguí resolver el dilema moral, aunque si encontré una liviana justificación en el hecho de que, una vez franqueadas las primeras puertas del mundo de la fotografía, la búsqueda de la belleza a través de las imágenes es algo ya inevitable, es como un trocito nuevo de ADN que se instala en tu código genético para acompañarte de por vida en el camino que lleva hasta la fotografía perfecta, esa que nunca podrás hacer.
     No importa, lo realmente gratificante son las marcas que vas dejando en ese camino.

Angel Fuertes

 

Febrero 2006